Al hilo seguir despejando dudas sobre el mal llamado "Wing Chun Original" y arrojar un poco de luz sobre el tema escribo este segundo y último artículo al respecto.
Hay un refrán árabe que resume muy bien lo que quiero transmitir en este artículo: (el que vive ve mucho, el que viaja ve mas). En las artes marciales en el Wing Chun esta idea cobra un sentido profundo y en el arte que nos ocupa no va a ser menos. No basta con entrenar siempre en el mismo sitio, con la misma gente y bajo el mismo enfoque, si de verdad queremos ver el nivel que hay en un lugar u otro, hay que viajar, entrenar con otras personas y, sobre todo, conocer otros maestros, en definitiva salir de nuestra zona de confort.
Durante mis dos viajes a Hong Kong, el primero de ellos en 2017 y el segundo en 2019 tuve la oportunidad de conocer y entrenar en diferentes escuelas y con distintos practicantes. Lo primero que me quedó claro es algo que a veces cuesta aceptar desde fuera: el nivel allí es, como mínimo, igual y en muchos casos superior al de algunos profesores de nuestro país, con esto no quiero criticar el trabajo de nadie, simplemente que a veces se hacen aseveraciones sobre un Wing Chun o un maestro que no se corresponden desde mi punto de vista con la realidad. No lo digo desde la teoría ni desde los vídeos de internet (pues, lo digo desde la experiencia directa de haber entrenado en diferentes kwoons y haber sentido ese Wing Chun en primera persona. Pertenecer en su momento a la AVTK comandada en nuestro país por el maestro José Ortiz, alumno directo de Chan Chee Man, abre muchas puertas y si vas acompañado por el propio Sifu Chan Chee Man y su hija Judy más, da la oportunidad de llegar donde de otra manera hubiese sido imposible o más costoso.
Ahora bien, sería una simplificación decir que “en Hong Kong todo el mundo es increíble”, no es así, ocurre lo mismo en nuestro país con otras actividades como el futbol o el flamenco, ni todos los jugadores de futbol son excepcionales ni todos los bailaores de flamenco tienen duende. En mis viajes vi niveles avanzados de Wing Chun y también otros que no lo eran tanto. Y esto, lejos de ser una decepción, me parece lo más normal del mundo. Todos provenían, de una u otra forma, de la rama de Yip Man, pero había diferencias evidentes entre unos y otros: en estructura, en timing, en comprensión del sistema, en forma de entrenar, en cómo aplicaban los principios y lo que más me chocó, en la realización de las formas.
Esto nos lleva a un punto clave: el Ving Tsun es un elemento vivo, evoluciona con las personas que lo practican, con el contexto, con la forma de entrenar y con la manera de entender el combate y el cuerpo humano. Por eso, hablar de un “Wing Chun original” como si fuera una pieza de museo, fija e inmutable, no tiene demasiado sentido. Lo que existe son interpretaciones, líneas de transmisión, énfasis distintos… y practicantes que, con mayor o menor profundidad, encarnan esos principios. Ahora bien, esta evolución desde mi punto de vista no puede venir de incorporar elementos ajenos a nuestro sistema, más bien de encontrar caminos para mejorar lo que hacemos.
Una de las cosas que más me llamó la atención en Hong Kong es que, independientemente del nivel o del árbol genealógico de cada escuela, se respira Ving Tsun. Está en el ambiente, en la forma de entrenar, en las conversaciones, en los detalles, en la cultura de práctica, y, sobre todo, está en la cantidad de horas que se dedican al entrenamiento. En general, entrenan más horas que la mayoría de practicantes occidentales. No porque sean “mejores” por definición, sino porque el contexto lo facilita y porque la cultura de trabajo es distinta. Más horas de práctica, más contacto, más repetición consciente… todo eso, inevitablemente, se nota.
Si uno no sale de su escuela es muy fácil construir una burbuja, todos somos excepcionales en nuestro propio gimnasio, cuando sales de tu escuela y viajas fuera de tu país para conocer y entrenar, te das cuenta que esa burbuja se diluye como la que lanza un niño con su pompero. Si no hemos entrenado en otros entornos, esa burbuja, se convierten de inmediato en la referencia absoluta: “esto es buen nivel”, “esto es lo correcto”, “así se hace Wing Chun”, "este es el Wing Chun original"... Viajar rompe esa burbuja, te obliga a comparar, a relativizar, a cuestionarte cosas que dabas por sentadas. A veces confirma lo que ya pensabas, —en mi caso que Jesús Carballo, mi Sifu, es un excelente profesional, con un nivel elevado de Ving Tsun—, otras te pone frente a tus propias limitaciones técnicas o conceptuales, y es en lo conceptual donde algunos fallan, pues interpretan las formas como aplicaciones y no como principios y conceptos aplicables en diferentes situaciones. Por poner un sencillo ejemplo, he visto profesores realizando en aplicaciones con un compañero pasos del muñeco de la misma forma que se realizan con el muñeco, sin tener en cuenta el desplazamiento, el ángulo de ataque o que la aplicación la haces ante alguien que se mueve no un objeto inmóvil.
Por eso vuelvo a la frase del principio: (el que vive ve mucho, el que viaja ve mas). No se trata de idealizar Hong Kong ni de menospreciar lo que se hace en nuestro país, se trata de entender que el nivel no se mide desde el sofá ni desde los prejuicios, sino desde la experiencia directa, y que si realmente queremos opinar con propiedad sobre dónde hay nivel y dónde no, primero hay que ponerse el uniforme, entrar al kwoon, cruzar manos y entrenar con gente diferente. Hay mucho Ving Tsun en Hong Kong, mucho más del que fui capaz de ver en mis dos viajes, muchos maestros y practicantes con un elevado nivel, algunos maestros como Chan Chee Man, Wong Shun Leung o Wu Chu Nam ya no están entre nosotros pero su legado continua tanto dentro como fuera de este territorio.
El Ving Tsun no es una reliquia, es un arte marcial vivo, en movimiento, lleno de matices, a veces, para recordarlo, solo hace falta hacer la maleta, salir de la zona de confort y dejar que el cuerpo —más que las ideas— sea quien saque las conclusiones.
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